14.5.07

Proyecto Quijote


Allá por el año 2003 me dio por escribir el guión para una novela gráfica (toma nombre pretencioso) en blanco y negro en la que se trataba la figura de una suerte de vengador disfrazado, mucho más enfermo que héroe, y que mezclaba el atrezzo y muchos de los mecanismos del cómic de superhéroes de toda la vida con el escenario y el tratamiento de la trama de una novela de género negro. Un tipo, de profesión asesino, perdía el poco juicio que le quedaba a raíz de una llamada de teléfono que lo llevaba de vuelta a un pasado repleto de pecados y decidía hacer justicia a lo Charles Bronson. Debajo de esta superficie más bien manida se encontraba todo un submundo de tramas esotéricas relacionadas con el descubrimiento y uso del Tetragrammaton, y de como puede un hombre fundamentalmente bueno puede convertirse en un hijoputa cuando eso tan frágil que llamamos "mente" se hace pedazos.


El dibujo, fantástico, corría a cuenta de un artista argentino llamado Luis Di Donna. La novela, estructurada como una ópera de tres actos, estaría dividida en diez volúmenes de 22 páginas cada uno, de todo lo cuál dejamos finalizada la Obertura de siete páginas. La intención era usar esa obertura y los muchos bocetos de desarrollo de los personajes, junto con el guión, para buscar un editor que se atreviera a lanzar un producto habitual en otros países pero muy poco frecuente entre autores patrios.
Ya iré colgando imágenes por aquí.

24.4.07

Costo del Güeno

Inenarrable.

Los Mossos localizaron en el barrio de Sant Roc de Badalona a un vendedor de drogas quien, vecino del instituto de secundaria de la zona (Eugeni d'Ors), había decidido el hombre publicitar su producto repartiendo octavillas en toda una demostración de espíritu innovador y atinado conocimiento y dominio del marketing. El autor de la octavilla, y vendedor del producto a la sazón, no tuvo reparos en incluir su nombre para que todo el mundo, policía incluida, pudiera encontrarlo sin problemas; aunque en la imagen han borrado el nombre, supongo que la propia policía con el fin de proteger la intimidad del camello, el susodicho se llama Marcos. Como más vale una imagen que mil palabras, sobre todo si la imagen contiene unas cuantas palabras como las que siguen, pues aquí les adjunto copia de la octavilla. El texto lo reproduzco abajo, por si ustedes no pueden leerlo bien o por si no se lo acaban de creer:




"Costo del gueno
Vendo costo de guena calidas
ha chabale rollao y no venir
lo menore.
Esperar al lao de la bentana
de detras mi casa y en lo banco
de asentarse.
no llamar la atension o no
su vendo na.
podei silvar o llamarme y
sargo po la bentana /me llamo ------
vale 20 uros una barrita
ta bien."

Y al lado de mapa, prodigio de buen hacer topográfico, Marcos remata la faena señalando el lugar donde se alza el centro educacional poniendo: "tituto"

Pues eso, lo que yo decía. Inenarrable.

23.4.07

El valor de una vida y una muerte

Liviu Librescu nació en Rumanía durante el año 1931. Era un niño inteligente, muy despierto y curioso ante la rapidez de los cambios que se sucedían a su alrededor, en su bella Bucaresti natal que en aquel entonces parecía destinada a competir en hermosura y dinamismo con las otras dos bellas Europeas: Praga y París. Allí creció como todos los niños, creyéndose inmortal, sin pensar que la vida tenía un final preparado a la vuelta de cualquier esquina. Todopoderoso en su mente de niño, debió asistir sin ver a la salida militar de los Nazis hacia todas las direcciones, al apoyo del gobierno Rumano al Tercer Reich y al inicio de la guerra. Pero para cuando él y aquellos que sobrevivieron en su familia fueron obligados a alojarse en el guetto judío de Ploiesti debió despertar al mundo de la forma más cruel.
Aún era un niño en edad, pero en cinco años envejeció cincuenta.

Después de sobrevivir al confinamiento y a la crueldad de quienes años atrás eran sus vecinos, la familia de Liviu siguió viviendo en su país asistiendo atónita al surgimiento de un nuevo totalitarismo, el comunista, ante el que se revelaron como no puede ser de otro modo en quien ha sido maltratado por un totalitarismo anterior. Liviu se convirtió en un sedicioso, se negó a jurar lealtad al nuevo régimen encarnado en un partido y vio cómo su brillante futuro como ingeniero aeronáutico se iba al garete. Antes de que su misma vida acabara del mismo modo que su carrera, y con la ayuda del entonces primer ministro Menajem Beguin, Liviu Librescu se trasladó junto a su mujer en 1977 al único lugar donde no podría nadie infravalorar su importancia como profesional en base a su religión judía: Israel.
De allí hasta su cita con el destino las cosas comenzaron a salir bien; sus estudios e investigaciones alcanzaron reconocimiento mundial en su especialidad mientras sus hijos crecían en apariencia a salvo de ese mundo feroz donde se había criado él. Llegó a ser profesor de dos universidades israelíes, descubriendo una nueva vocación desconocida, la docencia, y comenzando a lanzar con ello trocitos de pan a la paloma de la muerte. En 1984, aprovechando una excedencia, se trasladó a los EEUU, tierra de oportunidades, dicen, y decidió quedarse allí para siempre, consiguiendo trabajo como profesor en la facultad de ingeniería y mecánica de la Politécnica de Virginia.

El lunes 16 de abril del año 2007 era un día especial para Liviu Librescu: en su primer país de adopción, Israel, se celebraba el "Día del Holocausto", conmemoración de un tiempo terrible que no debe ser olvidado y homenaje a quienes murieron en los campos y guettos de concentración así como a quienes lograron sobrevivir en los tiempos oscuros de la Europa Nazi. Como superviviente del guetto de Ploiesti, Liviu acudió a su trabajo inundado de amargura: uno no puede sentirse orgulloso de haber vivido cuando sólo un golpe de suerte te separa de quienes murieron torturados. En clase atendía a sus explicaciones un grupo de hijos con contrato temporal –que es lo que son los alumnos cuando eres profesor de vocación–, cuando un grupo de detonaciones secas, no demasiado fuertes, como petardos de niño, precedieron a un coro de gritos y terror. Los pasillos de la facultad se inundaron de jóvenes ensangrentados que huían de un Rambo de pacotilla nacido en Corea del Sur con la cabeza repleta de cuervos, pájaros negros y carroñeros, y los bolsillos ahítos de munición del 9 milímetros para su pistola automática Glock –austríaca de fabricación, como Hitler– y del calibre .22 para una semiautomática de origen patrio. El joven Cho Seung-Hui, con apenas 23 años (otro día hablaremos del número 23), con ese nombre de dos apellidos separados por un guión que suele acompañar según los apologistas de la conspiración a todo asesino en masa que se precie, andaba sudoroso y gritando enloquecido por los pasillos de clase en clase disparando indiscriminadamente con sus armas dotadas de cargadores de gran capacidad –prohibidos por Clinton, recuperados por Bush–; los otros jóvenes, los que huían hacia el interior y las alturas del edificio contra toda lógica que dictaría que esa carrera contra la muerte debería dirigirse hacia el exterior, transportaban un aterrador mensaje: haceos los muertos, saltad por las ventanas que no tengan rejas, porque alguien ha encadenado las puertas de salida y la facultad se ha convertido en un atolladero.

Liviu Librescu era un superviviente. Su experiencia en un guetto judío acosado por los nazis rumanos había sido toda una escuela de la vida, donde la diferencia entre continuar en pie o acabar en un horno radica a menudo en la rapidez con que tomas una decisión. En la clase, la confusión y los lloros se habían adueñado de aquel grupo de jóvenes que habían tenido la gran suerte de nacer en un primer mundo ajeno a la guerra; sus alumnos, sus hijos temporales, estaban a punto de morir.
Y tomó una decisión.
Liderando al grupo, hizo que los más fuertes desencajaran las ventanas de sus guías mientras el resto acercaba varias mesas para facilitar la huida. Se situó frente a la salida mientras los chicos escapaban, y cuando el eco de los pasos del asesino llegó hasta él a través de la madera de contrachapado y el cartón, Liviu empujó con todo el peso de su cuerpo y se apoyó contra la salida impidiendo que el joven Cho Seung-Hui accediera a la sala. Todos sus alumnos huyeron; sufrieron cortes, torceduras, magulladuras, pero huyeron. Mientras lo hacían, escucharon varias detonaciones fuertes y otras más débiles, como bolsas de chucherías cuando las haces explotar, tan ridículas como cargadas de muerte. Para cuando Cho Seung-Hui logró atravesar la puerta a través de la cuál había disparado contra lo que fuera que cerraba su paso, empujando con fuerza el cuerpo muerto y ensangrentado de Liviu Librescu, nadie con vida quedaba allí dentro.

La clase de Liviu Librescu sobrevivió, al contrario de lo que sucedió en otras varias del mismo piso. 32 personas murieron antes de que la que sumaba 33 decidiera vaciar su cráneo con un proyectil del 9 milímetros parabelum. El país de las oportunidades, de las muchas oportunidades que tiene cualquier hombre libre para adquirir sin demasiados problemas desde revólveres del .44 hasta subfusiles y rifles de asalto, había perdido en el Día del Holocausto a un héroe y a un villano.

Librescu fue enterrado en el cementerio de Raanana, en Israel, donde vivía uno de sus hijos, acompañado de su mujer Marlena con quien llevaba casado 42 años. Las palabras de Marlena cuando el cuerpo de su marido llegó al aeropuerto fueron terribles: "Él era muy humano". Puta humanidad, debió pensar Liviu Librescu en sus últimos segundos con vida. Puta humanidad.



Liviu Librescu salvó a sus alumnos de una muerte a la que siempre había podido esquivar. Pero esto es la vida real, ya saben, donde los héroes son los primeros en morir, nuestra aterradora vida real tan injusta como sólo puede ser la vida y tan irónica como su hermana la muerte, una vida que imparte lecciones tan lapidarias como la de Liviu, aquel que había sobrevivido a un Holocausto para morir asesinado por un gilipollas.

18.4.07

Letraherido

No me gustan los "memes". Para aclararnos todos, son esos pequeños retos o encuestas que lanza el personal por la red con muy diferentes motivos, que van desde el conseguir direcciones de correo para futuros spam (los "memes" empezaron por correo) hasta el placer onanista de algunos y algunas. En ocasiones tienen su gracia, entiéndanme, sobre todo para alimentar un tanto a la cara voyeur que como bestias todos tenemos clavada bien dentro. Los leo a veces, y hasta sigo la cadena de respuestas cuando el "meme" en cuestión me resulta simpático. Pero, supongo que por mi timidez habitual, o a lo peor por aburrimiento, aunque los realice mentalmente me resisto a participar por aquello de no enseñar al mundo nada mío que no pueda verse en la cara "A", o sea, a simple vista, desde la capa de epidermis hacia fuera; además, según qué "meme" viene cargado por el diablo, no sé si me explico.
Será casualidad, pero hasta hoy el único otro "meme" en el que he participado activamente también surgió (o al menos es donde lo descubrí), en el blogg de Juanma Santiago. Aquel me pareció un ejercicio de autocontemplación interesante, y como alguna de mis respuestas me sorprendió pues di el ejercicio introspectivo como bueno. Éste, en cambio, aunque en su enunciado sea inocente como pocos, me ha descubierto algo que sospechaba pero que no había "visto" hasta que me he dado de bruces con la realidad, en forma de dieciséis libros agolpaditos todos encima de la mesa de café que usamos para casi todo menos para lo que fue pensada. El "meme" (aquí la fuente original) dice tal que esto:

"Es fácil: copiar el párrafo segundo de la página 139 del libro que estés leyendo en ese momento. Se presupone, pues, que te gusta leer y que tienes tiempo para ello."


Y claro, uno no está preparado para cosas así. Leer me gusta, y tiempo no es que tenga demasiado; pero al leer el "meme" me pregunté, ¿qué libro estoy leyendo en este momento? Se me ocurrieron, a bote pronto, unas diez respuestas. Cuando la pelota volvió a botar, ya eran unos veinte, así que dejé los botes a un lado y me replanteé la pregunta: "¿qué libro o libros estoy leyendo "activamente"? Porque muchos son los que tengo empezados y abandonados por aquello de que no han logrado atraparme, y otros cuantos los que sí lo consiguieron y aguardan su momento a que otros, aún más interesantes, les dejen hueco. Pero como siempre estoy leyendo algo, al menos podría seleccionar aquellos que en apariencia vaya a devorar hasta el final a corto plazo, ¿no?
Pues bien, la respuesta es dieciséis. Dieciséis libros a medio leer que tengo al alcance allá por donde paseo la vista, sobre los escalones que llevan al piso superior, en la mesita de noche y sobre la cómoda de la habitación, en los dos baños de arriba, sobre los altavoces traseros de la buhardilla (los delanteros están coronados por una pronunciada pendiente que los mantiene a salvo de libros), agolpados en la capa exterior de las diferentes librerías, en las mesitas de la salida de la casa, dentro de las dos o tres mochilas que turno a diario para ir a trabajar, en los bolsillos de atrás de los asientos delanteros del coche, dentro de la taquilla del Auditorio Nacional... Y los estoy leyendo todos. Los dieciséis.
Que me gusta leer es algo que ya sabía. Que lo hago de forma un tanto obsesiva, pues también; no me quejo, oigan: es un buen vicio. Tirando a carillo, pero bueno. Pero que soy un letraherido, uno de esos cuyas heridas no sanan nunca y que necesitan cada día más letras hasta para calmar la mala leche, pues miren, eso es algo que no sabía. No es sólo que me guste leer, es que me duele no hacerlo, cagontó, es que cuando no leo parezco una lámpara sin bombilla, que está ahí pero no sirve para nada más que para adornar; no rindo, no trabajo a gusto, no soy capaz de escribir, no soy un buen compañero en casa para mi mujer, ni un padre divertido para mi hija. No estoy enfermo: estoy herido.

Como dieciséis libros son muchos, y uno demasiado pocos, pues emulando al bueno de Juanma Santiago me he permitido una interpretación libre del "meme" y he seleccionado los cinco mejor armados, los que me apuntan con la pistola cargada a la cabeza a diario diciéndome "HOY, YO" y los que, en definitiva, voy a acabar más pronto. Además, puesto a llevar el reto más lejos y hacérselo más divertido a ustedes, no voy a decir a qué libros corresponden los siguientes párrafos extractados: si localiza o identifica alguno de ellos, pase por el libro de visitas y deje una nota. Dentro de una semana levantaré el telón. ¿Listos? Pues venga.

1: "Pasó una hora desde que dejara Ditchley Park. Sumido en mis pensamientos y preocupaciones, no había prestado mucha atención a la carretera. Aparte del nombre en código –"Campo Z"–, que había sido mecanografiado en mi nueva tarjeta de identidad válida para las próximas treinta y seis horas, no tenía la menor idea del sitio adonde me llevaban. Mirando la posición del Sol, estimé que viajábamos hacia el sur, en dirección a Londres."

2: (El segundo párrafo es sólo una frase, de modo que incluyo también el tercero) "Él pone cara de extrañeza. Por qué.
No son para los muertos, que son para mi padre. ¿Entiendes? El hambre de mi padre no es el de las ánimas. Es el hambre de un huido hambriento. ¿Entiendes o no?"

3: (Idem que en el caso anterior) "Y, por supuesto, conducía a gran velocidad.
La tercera vez que la llevó a casa, uno de los gastados neumáticos delanteros reventó cuando iba a cien kilómetros por hora. El coche dio un chirriante resbalón, y ella gritó, súbitamente segura de que iba a morir. Una imagen cruzó por su mente: su cuerpo quebrado y cubierto de sangre que había sido lanzado contra la base de un poste de teléfonos, la fotografía en un periódico mostraba sus restos y parecían un montón de trapos. Billy soltó una palabrota y llevó rápidamente el volante hacia uno y otro lado."

4: (Idem que en 2 y 3) "Monoceros: unicornio.
Volví a leer el anónimo que había encontrado en el buzón:
Atrocissimum est Monoceros."

5: "Segunda Parte"
(vale, como párrafo es una puta mierda, pero es todo lo que hay en la página; así que escribo a continuación el primero de la siguiente página, que es la 141)
"Supongo que tendría que ir incluyendo cabeceras a medida que voy contando la historia, ya sabéis, poner la fecha y empezar con "Querido diario, hoy...". Al parecer en la actualidad se ha puesto de moda escribir un diario, sobre todo en América. Lo llaman Blogging. Puedes apuntar lo que llevaste al baile de fin de curso, lo que fulanito dijo en la hamburguesería, etcétera. Todas esas tonterías las leerás en el futuro y te harán recordar los viejos tiempos con una estúpida sonrisa nostálgica en la cara y preguntarte entre débiles suspiros adónde fueron a parar aquellos maravillosos años."

Y eso es todo, amigos. Pasen, lean y jueguen. Y si se animan con él, adelante, letraheridos, escriban sus propios párrafos dos de la página 139; en sus bloggs, si los tienen, o aquí mismo, si les parece.

9.4.07

Este año ha tocado Cádiz.





Este año ha tocado Cádiz.

Dicen que el ser humano es un animal de costumbres. Aparte de coincidir en lo de que somos animales, de bellota en muchos casos, reconozco que este seguro servidor de ustedes es de los de costumbres. Y como Ana, mi respectiva, también lo es, pues hemos convertido en costumbre lo de salir unos días en Semana Santa, coche mediante, de ruta de Paradores Nacionales donde nos lleve el viento para conocer lugares y, sobre todo, sabores nuevos. Que seremos animales de bellota, quizá, y de costumbres, seguro; pero, sobre todo, lo que sí somos los dos es animales de buen comer. Así que el viento nos lleva cada año a un punto cardinal distinto, lejano siempre, donde nos perdemos paseando mientras dejamos atrás el cansancio de la vida real y el peso de sus obligaciones, andurreando por la historia del lugar y empapándonos de sus culturas, artísticas y gastronómicas por igual.

Este año ha tocado Cádiz, sí, donde tenemos unos pocos pero buenos amigos, de esos recientes que adquieren solera de la buena a las primeras de cambio, de los que da tanto gusto ver porque los ves muy de tanto en tanto, aunque siempre con la sensación de que la última vez fue ayer.
Los amigos en Cádiz –Rafa, Isabel, y sus herederos Daniel y Laura–, ejercieron de cicerones casi a jornada completa, los pobres, enlazando visita tras visita mientras esquivábamos, ay, las procesiones de Ku-Kux-Klanes que se multiplicaban en el casco viejo por las tardes. Cicerones de una ciudad a la que aman con orgullo sin disimular, una ciudad que llevan clavada bien dentro, y que si está llenita de colores y formas coloniales no lo está menos de sabores del cagarse. Y qué sabores... Desde la barra del Faro, donde probamos la sorprendente tortilla de camarones, una suerte de témpura de gambas diminutas tan exótica como exquisita –el día en que los gaditanos decidan exportarlas al Japón se forran–, hasta el almacén de la calle Veedor, con unos pinchos de tortilla de impresión y un jamón con muchas jotas que te clavaba en el suelo; pasando por El Dorado del Puerto Real, claro, donde nos sacudieron con un cazón en adobo de tantos kilates como los dos platos de chocos que nos arreamos entre pecho y espalda ya entrada la noche. Pescados frescos allá donde nos llevaron, un gran jamón y cerveza, mucha cervecita helada para el que suscribe y vinos variados para la parienta, que engañaba así al régimen esquivando las rubias frescas mal que le pesara. Aunque no todo fuera comida, oigan, que también nos dimos nuestros paseos por la ciudad vieja, un Santo Domingo en limpio y sin racimos dispersos de cables telefónicos de acera a acera, y descubriéramos lugares mágicos, como siempre ocurre en vacaciones, como lo hermoso por anacrónico de algunas de las calles, o las vistas impresionantes desde la Torre Tavira, con esa Bella Escondida mostrándose sólo a los pájaros, o lo blanco de la catedral por dentro y por fuera (¿cuatro euros la visita? Fenicios...) y el mar eterno que rodea a una ciudad que es una isla.

Pero para lugar mágico, el de la foto.

Juaki también es de Cádiz, aunque su parienta Susana sea de Jerez de la Frontera y vivan y trabajen allí, junto a sus hijos Daniel y Alejandra. Algunas obligaciones médicas nos llevaron a vernos a medio camino, a comer los once juntos en un restaurante de carnes junto al mar, donde se habló de libros y cine, de la vida y los trabajos y del oficio de escribir, que aunque no es profesión para nosotros sí es oficio, y serio. Y quedamos para dos días después en el chalecito junto a los acantilados que los Revuelta tienen en Conil, a una media hora de distancia de Cádiz que se quedó en cincuenta minutos por aquello del perderse y dar la vuelta.
Y, señores, Conil sí vale perderse, y hasta una guerra o dos si me apuran. Un paraíso junto al mar bravo desde el que se ve el Trafalgar donde se murió España pegándose cañonazos contra el Almirante Nelson. Lugar de acantilados naturales aún moderadamente urbanizado donde choca ver un hotel nuevecito casi a línea de playa, o que la casa del concejal de urbanismo sea un palacete como el que tiene montado el Ozimandias en las nieves; o quizá una cosa explique la otra, como de costumbre, y lo que choque de verdad es que en Conil gobiernen los Verdes (verdes como los billetes, como decía Rafa). Pero, en el fondo, el lugar es magia pura aún casi libre del turisteo que todo lo mata. Acantilados sobre un mar limpio y claro, y una arena sin colillas ni jeringillas que abraza una ciudad chiquita y blanca repleta de alemanes jubilados más listos que el hambre.
La playa de los acantilados es, además, una copia natural de la del planeta de los simios. Sorprende descubrir que en el remoto futuro, cuando el calentamiento global se cargue el planeta y las aguas se merienden Manhattan, la señora de la antorcha viajará medio mundo hasta instalarse en Conil, provincia de Cadi-Cadi, para pasar allí sus últimos días rodeada de monos con mala leche para poder saludar al Charlton Heston y lanzarle un guiño. Lista como los alemanes, Miss Liberty. Que, como dice el dicho, los de Cádiz nacen donde les da la gana; y la de la Antorcha, que fue franchute y se mudó a la Gran Manzana por cosas del curro, por aquello de la libertad que personifica, tuvo que nacer en Cádiz. Que ni es mal lugar para nacer, ni mucho menos para morir.

Gracias Rafa, Isabel, Juaki, Susana, Daniel, Laura, Dani y Alejandra. Y hasta la próxima, que será mañana.

22.3.07

Censuras, censuras...



El otro día me sorprendí al conocer la noticia que hablaba de la retirada de emisión de la entrevista de Quintero a José María García, a causa de peregrinas razones que no se cree ni dios y en una acción censora repugnante que yo creía que jamás vería, gracias a mi edad que hasta ahora me mantenía lejos de esas barbaridades del pasado. Yo, que no sigo al Quintero ni antes, cuando iba de loco, ni ahora que va de sí mismo, no pensaba ver esa entrevista; tampoco me importa un pimiento lo que allí se dijera. Pero la acción censora de nuestra TVE es de juzgado de guardia. Quintero, por cierto, ha dejado el programa por razones médicas. Depresión, dice. Normal.

Ahora me topo con la noticia de que el cartel publicitario de arriba, dibujado por Enrique J. Corominas para un evento de comics en Alicante, ha sido también censurado. El cartel es inmenso, magnífico. La censura no tiene discupla. Puto país.

4.3.07

Hojas Parroquiales...

Según asegura un amiguete, estos son avisos parroquiales (reales todos ellos), hechos con toda la buena voluntad y muy mala redacción. No sé si todos ellos serán reales, pero todos coincidiremos en su mala redacción. O todo lo contrario, claro:

* Para cuantos entre Ustedes tienen hijos y no lo saben, tenemos en la parroquia una zona arreglada para niños.

* El próximo jueves, a las cinco de la tarde, se reunirá el grupo de las mamás. Cuantas señoras deseen entrar a formar parte de las mamás, por favor, se dirijan al párroco en su despacho.

* El grupo de recuperación de la confianza en sí mismos se reúne el jueves por la tarde, a las ocho. Por favor, para entrar usen la puerta trasera.

* El viernes, a las siete, los niños del Oratorio representarán la obra "Hamlet" de Shakespeare, en el salón de la iglesia. Se invita a toda la comunidad a tomar parte en esta tragedia.

* Estimadas señoras, ¡no se olviden de la venta de beneficencia! Es una buena ocasión para liberarse de aquellas cosas inútiles que estorban en casa. Traigan a sus maridos.

* Tema de la catequesis de hoy: "Jesús camina sobre las aguas". Catequesis de mañana: "En búsqueda de Jesús".

* El coro de los mayores de sesenta años se suspenderá durante todo el verano, con agradecimiento por parte de toda la parroquia.

* Recuerden en la oración a todos aquellos que están cansados y desesperados de nuestra parroquia.

* El torneo de baloncesto de las parroquias continúa con el partido del próximo miércoles por la tarde. ¡Venid a aplaudirnos, miraremos de derrotar a Cristo Rey!

* El precio para participar en el cursillo sobre "oración y ayuno" incluye también las comidas.

* Por favor, pongan sus limosnas en el sobre, junto con los difuntos que deseen que recordemos.

* El párroco encenderá su vela en la del altar. El diácono encenderá la suya en la del párroco, y luego encenderá uno por uno a todos los fieles de la primera fila.

* El próximo martes por la noche habrá cena a base de judías en el salón parroquial. A continuación tendrá lugar un concierto.

* Recuerden que el jueves empieza la catequesis para niños y niñas de ambos sexos.

* El mes de noviembre terminará con un responso cantado por todos los difuntos de la parroquia

Huelgan comentarios, ¿no creen?

22.2.07

Una historia real de Fantasmas I

Viaje de Granada a Valencia; al volante, la mejor amiga de mi mujer, profesora del conservatorio de Granada en aquel entonces. El viaje se hace de noche, saliendo después de clase y cenando en el camino.
Ella está cansada; las clases a niños ajenos cansan como pocas cosas en este mundo. Música relajada en el radiocasete, el sol que se muere en una nube anaranjada, carretera limpia de tráfico. Pasan las horas.

De repente, se duerme. No se da cuenta, pero se ha dormido al volante; quizá está soñando con las clases, o con algo que ha dicho alguien o con algo que tiene que decirle a otro alguien, con su cama en Novelda o con la cena. Quién sabe; de todos modos está a punto de morir.

Y entonces, una mano la toca en el hombro, agitándoselo. Ella se despierta sobresaltada, mira hacia la carretera y justo delante suyo hay una curva cerrada. Frena, gira, y consigue estabilizar el coche.

No vuelve a dormirse. La mano había tocado su hombro... izquierdo.

10.2.07

Un escalofrío matutino.

Ayer viernes iba en coche de camino al trabajo, escuchando la radio como de costumbre, cuando a las nueve de la mañana emitieron el siguiente anuncio patrocinado por la Comunidad de Madrid:

"En Madrid viven millones de personas. Millones de potenciales donantes.
Se realizan más de 1000 operaciones diarias durante las cuales se necesita una gran cantidad de sangre. Necesitamos tu ayuda.

Necesitamos un poco de tu sangre.

Dona."


Una inocente campaña en favor de la donación de sangre, ¿verdad? Y sí, eso es lo que es.
Pero está visto que a los publicitarios los carga el diablo. La voz en off que dice todo lo que ustedes han leído arriba es la del mismo señor que dobló a Gary Oldman en "Drácula" durante las escenas en que interpreta a un Drácula anciano. La misma voz de ultratumba, cavernosa y, para dar la puntilla, con ese extraño acento que debía de semejar el rumano pero que lo que da, en el contexto de ese anuncio, es un yuyu que no vean ustedes.
Ayer viernes, a eso de las nueve de la mañana, todo conductor cinéfilo que anduviese escuchando la emisora M-80 y a Pablo Motos debió sentir el mismo escalofrío que yo.

Si será desvergonzado Drácula que ya hasta pide la comida en la radio.

7.1.07

La gata sobre el tejado de zinc



Acabo de ver "Cat on a Hot Tin Roof", de Richard Brooks sobre un inmenso texto teatral de Tennessee Williams. En versión original.
Se me ocurren varias cosas que decir; sobre todo, acerca de las grandes interpretaciones de un grupo de actores redondo y en estado de gracia. Pero sólo diré una: véanla.

Cuanto antes.

5.1.07

Cuatro Años



El de la foto se llamaba Raúl.

Raúl era hermano de Toni, un colega de pandilla infantil con el que íbamos de críos de aquí a allá, avenida arriba avenida abajo, mirando el culo de las niñas y entiesándonos cuando nos cruzábamos con algún grupito femenino, casi siempre de manera excesiva y acabando rojos de puro miedo a lo desconocido, que como bien decía Lovecraft es el más puro y terrible de los miedos. Algunos años después, supongo que cuando ya andábamos por los quince años, Toni desapareció de nuestra panda para salir con otros amigos, y durante mucho tiempo no volví a saber de él.

Aún algún tiempo más tarde, creo que cuando tenía dieciocho o diecinueve años, conocí por pura casualidad a mi buen amigo Luis en la biblioteca del pueblo, mientras yo hablaba de juegos de rol con un chaval de mi edad a quien casi acababa de conocer y a quien no volvería a ver nunca jamás. Luis nos oyó quejarnos de que no sabíamos de nadie que jugara en nuestro entorno, y se acercó para decir que bueno, que vale, pero que en Torrent sí que se jugaba a rol y muy bien, por cierto, y que él y su grupo de amigos se reunían los sábados por las tardes para darle al vicio de los dados. Además, nos invitó a ambos a una sesión en su casa, al lado del instituto viejo, invitación que aceptamos pero que sólo yo acabé por cumplir, presentándome en su casa al siguiente sábado. Allí conocí a su hermano Ricardo, un crío por aquel entonces de diez u once años, al Meso, casi de mi edad, y a José Javier, Jesús y David (con quien no empecé con muy buen pie: no se le ocurrió otra cosa que escribir en la memoria de una pequeña agenda electrónica de la que yo presumía por aquel entonces "Soy un cabrón". David siempre ha sido un cachondo irrefrenable). Aunque fue una toma de contacto más bien fría, ya que no estaba previsto que siguiera jugando con ellos, lo pasé muy bien aquella tarde y repetí y repetí y repetí. Hice buenas migas con Luis de inmediato; a menudo sólo necesitamos cruzar una mirada para entendernos, algo lógico cuando existe una relación de amistad de años, pero menos habitual cuando así sucede desde casi el primer día. Tras entrar en la dinámica de juegos del grupo, debió pasar un año más o menos hasta que aparecieron otras dos personas en el horizonte, Javi y Raúl, que se incorporaron a las partidas hasta que el grupo reventó por pura masificación de personal: éramos demasiados como para que las partidas resultaran divertidas, o para que fuera práctico meternos a todos en el comedor de una casa sin que los padres respectivos se quejaran o sospecharan que estábamos invocando alguna entidad supranatural. Se produjo un cisma, doloroso para los que quedamos fuera: los tres últimos en llegar. Ese día, en el ascensor que bajaba de casa de Jesús al nivel del suelo, Javi, Raúl y yo nos conjuramos para seguir jugando, los sábados por las tardes, como era ya habitual, buscando un par de nuevos colegas de juego con los que completar la plantilla de cinco que considerábamos la mínima aceptable. Javi y Raúl eran buenos y viejos amigos (todo lo viejos amigos que pueden ser dos personas que tienen unos quince o dieciséis años), pero a mí apenas me conocían. Por mi parte, sabía que el tal Raúl era hermano de mi antiguo compañero de correrías, Toni, y casi nada acerca de Javi. Eso sí, ambos vivían a un paso de mi casa. Algo era algo.

Por supuesto, no se rompieron relaciones con el resto del grupo. Con Luis me llevaba igual de bien que antes, y aunque durante un tiempo apenas vi al resto, los años sólo me han separado definitivamente de Jesús, de quien ya nada sé. Visito mi pueblo dos veces al año, y hago lo posible por encontrarme con los viejos amigos de siempre, pero a Jesús le he perdido la pista.
El caso es que en el nuevo grupo se incorporó Vicente, quien permaneció para siempre entre nosotros, y varios candidatos que iban y venían sin acabar de arraigar. Al tiempo invitamos a Luis, y luego a Ricardo, a que jugaran con nosotros los sábados ya que su grupo había trasladado las sesiones a los domingos, y el asunto quedó más o menos estable durante años.

No me apetece explicar aquí qué es o qué no es un juego de rol. Me da lo mismo si alguien piensa que fomentan a la violencia o si producen comportamientos exclusivistas y sectario; lo pasábamos muy bien alrededor de una mesa, y luego quedábamos para ir de copas por la noche en las calles de Torrent, en la vieja calle de Padre Méndez, como el resto de jóvenes de nuestra edad. Los años pasaron, y las relaciones de amistad se fortalecieron; estoy orgulloso de mi grupo de amigos, que ha ido menguando y creciendo con el tiempo. Ahora también están ahí Óscar, Víctor Santos, Pepe y Merche, Vicente "Montañés" o Rosana, la hermana de Merche y novia de Luis; o Rosario, la novia de Ricardo, y Ana, la novia de Javi y antigua enfermera de Raúl. O mi propia Ana. O Vanessa, la mujer del Meso. También David se ha casado, con Marisa, y espera un hijo.

La vida nos lleva y nos trae: todos trabajan con mayor o menor fortuna, cerca de Torrent o en el mismo pueblo. Han comprado casas, o nos hemos ido a buscar fortuna fuera, tan lejos como el Santiago de Compostela que fue mi primer destino hace ya ocho años, o el Bilbao donde vive ahora Víctor Santos. Han crecido, todos hemos crecido, y varios de ellos viven ya con sus parejas y hasta se han casado, esperan descendencia o ya la tienen, como yo mismo, que disfruto de mi hija Aitana desde hace casi cuatro años.

Pero volvamos al momento del cisma. Javi, Raúl y yo nos fuimos entre cabreados y deprimidos de aquella casa de Jesús. Hicimos los tres buenas migas, aunque en especial trabé una gran amistad con Raúl; seguramente porque venía casi todas las tardes a mi casa a jugar a la vídeo-consola junto a Luis. Siempre los he querido a todos, que soy de los que hacen amigos con mucha dificultad pero que luego vive esas amistades con mucha intensidad. Siempre los he querido a todos, decía, pero he tenido un feeling especial con Luis y Raúl.
Hablaré de Luis otro día, supongo; Raúl era "El Heavy". Seguidor acérrimo de los Maiden, y fan absoluto del escritor inglés Michael Moorcock, Raúl era un lector compulsivo a quien nunca gustó demasiado estudiar. Fuerte carácter, de esos que no saben callar, pasiones encendidas, tipo fiel, incondicional, y amigo de pocas bromas. Durante unos años fuimos los mejores amigos; entonces me fui a Santiago de Compostela a vivir con Ana, y una chorrada de la que no pienso hablar, un malentendido cruel y cabrón, hizo que dejáramos de hablarnos.

Me casé; todos mis amigos de entonces vinieron hasta Elda, a la fiesta pagana que montamos para celebrarlo, menos Raúl que, pese a ser invitado, rechazó venir. Hubiera sido muy sencillo acabar con el problema, pero el orgullo, ése amigo malvado que no deja de cuchichear en los oídos, no nos dejaba. Raúl enfermó; comenzó siendo una anemia rara que hacía que se desvaneciera de tanto en tanto. Luego vieron que tenía un quiste en una costilla, y se lo quitaron. Luego, que no era uno el quiste, sino un montón de ellos; pequeñitas manchas por todos los pulmones. Cáncer.
Por supuesto, pese a no hablarnos me preocupaba por el desarrollo de su enfermedad. Un día me dijo Luis que el tratamiento de quimioterapia que le habían aplicado lo había dejado hecho un desastre y que la cosa iba cada día peor. Ese día le envié un sms dándole ánimos, desde mi casa en el número 22 de la Calle Acacias de Madrid, una dirección muy significativa para un fan de los Maiden. Respondió que había perdido otra batalla contra el Cáncer, la primera vez que apareció aquella palabra en relación a su enfermedad, pero que pensaba ganar la guerra pese a quien pese. Después nos enviamos una serie de cartas, hablando de nuestro enfado infantil que ya duraba tres años. Y acabamos con él en mi siguiente visita a Torrent, con un simple apretón de manos.

Con Raúl compartí borracheras –bien lo sabe Luis–, confidencias, memorables sesiones de Rol, conversaciones acerca de libros, cine y cómics, y hasta footing junto a Vicente "Montañés", una máquina de correr a quien éramos incapaces de seguir. Años repletos de alegrías, un enfado, y algunas nuevas alegrías. Pero Raúl no logró vencer la guerra.
Tras empeorar y empeorar, lo vi por última vez durante las navidades que separaron el 2002 del 2003, cuando mi mujer estaba embarazada de Aitana. Hicimos en el chalet de mis padres la tradicional parrillada de fin de año con la que celebramos mi cumpleaños, con Raúl entre nosotros pasándolo tan bien como el resto. Como a todos mis amigos, a Raúl le hacía mucha ilusión el nacimiento de mi hija, la primera en el grupo; nos despedimos un día después en su casa, él blanco, tapado con mantas y atado a su ya inseparable máquina de oxígeno. Poco después de regresar a Madrid, Luis me dijo que la cosa iba a peor, si es que era posible, hasta el punto de que una médico le confesó al propio Raúl que no pasaría de nochevieja.

Raúl tomó las uvas, alzó el dedo corazón a la salud de la médico. Luego empeoró aún más.

Éste ha sido el artículo más difícil de escribir de todos, tanto que no voy a releerlo o a corregirlo. El día cinco de Enero del año 2003, Raúl murió en su casa asesinado por el Cáncer de pulmón cuando apenas tenía veinticinco años, una edad cruel para morir, joder, y ya nada fue igual para mí, supongo que para nadie. Hoy hace cuatro años.

Cuánto lo echo de menos.

21.12.06

¡Que lo he ganado!

Reproduzco el acta publicada anteayer:

"Acta del jurado del Premio de relato fantástico Domingo Santos 2006, El jurado, constituido por D. Carlos Quintana Francia, D. José Carlos Canalda, D. Angel Carralero, D. Juan Miguel Aguilera y actuando como secretario sin voto D. Alfonso Merelo, ha decido conceder el premio Domingo Santos 2006 a la obra titulada:

"Pasión gitana por sangre española", presentada bajo el seudónimo de Séneca.

Una vez comprobada la identidad del autor, este ha resultado ser D. Víctor Manuel Ánchel Estebas.

En Huelva a 19 de diciembre de 2006
Doy fe
Alfonso Merelo Solá"


Pues eso, que lo he ganado. Una gran sorpresa y el mejor regalo de Navidad que se me ocurre recibir en un momento de inactividad creativa manifiesta. Que sirva para que aprenda la lección y recupere el ánimo.

Por cierto, si conocen ustedes algún editor con huecos en sus antologías o revistas o lo que sea, recuérdenle que el relato ganador del "Domingo Santos 2006" aún es soltero y sin compromiso.

Mil gracias por las felicitaciones recibidas,

V.

12.12.06

El Pulso

En la última novela traducida al castellano de Stephen King, "CELL", una electrónica que se propaga por los auriculares de los teléfonos móviles y a la cual denominan "El Pulso" trastorna irremediablemente a un enorme porcentaje de seres humanos condenando a la humanidad a la autodestrucción cuando los afectados, convertidos en animales desprovistos de todo lo que nos mantiene a este lado de la barrera de la civilización y con los instintos que nos identifican como humanos sublimados (crueldad y capacidad de destrucción sobre todo), se transforman en turba sin inteligencia ni identidad individual atacando a la gente que no ha cambiado y dividiendo el mundo en dos.

Esta mañana veía mi mujer imágenes en los noticieros madrugadores del velatorio del General Pinochet, fallecido tras la larga agonía a la que nos ha sometido a todos, en las que una turba de seguidores deshumanizados y sin identidad individual, convertidos en un enjambre pero aún dotados de inteligencia, atacaban a periodistas extranjeros y gritaban proclamas loando al fallecido. Un fallecido que sumió al país en una época de oscurantismo, que se aprovechó de ello para enriquecerse terriblemente a costa de los chilenos, que envió a la tortura y a la muerte a unos desdichados cuya única culpa era pensar diferente, o siquiera eso. Un asesino con las manos limpias.

Lo que nos perturba en el libro de King no son las escenas escabrosas, no la sangre ni las muertes; es ver, comprender que toda esa ira está dentro de nosotros y que "El Pulso" tan sólo ha roto las cadenas que la sujetaban. Nos perturba, además, porque en el libro Ellos son muchos más que Nosotros.

Lo que a mí más me perturba de esta realidad nuestra es que todas esas personas que lloran la muerte del tirano no ya añorando un régimen dictatorial represor y asesino sino exudando ira y atacando a quienes piensan diferente, a quienes parecen pensar diferente, o sencillamente a quienes no son como Ellos, no han recibido el envite disparador de ningún "Pulso". Y es que, como bien dice Stephen King, el hombre es bondad, inteligencia, identidad individual, el Partenón y Miguel Ángel... pero también maldad inmotivada, crueldad contra el que es diferente, turba, Auschwitz y Pinochet.

Stephen King es un excelente narrador, no cabe duda. Pero asusta comprender que no ha inventado nada y que para escribir sus novelas de terror sólo necesita abrir dos ventanas: la de su habitación para contemplar el cruel mundo exterior, y la de su alma, para asomarse con prudencia al voraz palpitar de nuestra esencia asesina.

24.10.06

Periodismo. ¿Periodismo?

Atención a la noticia. Sean pacientes, y léanla:

"El checo Tomas Berdych derrotó a Rafael Nadal (6-3 y 7-6 (6)) y dejó el torneo Madrid Masters Series sin su último campeón que cayó frente al undécimo jugador del mundo, que parece tener tomada la medida al balear. El checo, luego, no supo ganar y mandó callar al público tras conseguir su clasificación para semifinales.

Nadal dispuso de un punto de set para enderezar el encuentro y apuntarse el segundo set. Pero no la aprovechó. El manacorí fue víctima del empuje de un rival que parece que le tiene tomada la medida. Dejó todos sus argumentos sobre la cancha a pesar de la derrota, cuyo destino pudo alterar si hubiera aprovechado el punto de set del que dispuso en el desempate de la segunda manga. No lo hizo y el epílogo de su paso por la edición de 2006 empezó a estar escrita.

Nadal fue víctima del empuje de un rival que parece que le tiene tomada la medida.

El tenista checo tiene tomada la medida a Nadal. Con la de Madrid son tres las ocasiones en las que ha batido al español. La tercera en un Master Series y la tercera consecutiva (Cincinnatti y Canadá). Sólo el australiano Lleyton Hewitt atesoraba esta circunstancia."



He leído pocas noticias en mi vida tan mal redactadas. Aparece casi íntegra, con la excepción de un párrafo final en el que nadie tomaba la medida a nadie, y otro que era una copia corto-pegada de más del anterior (salvo el pasaje de tomar la medida, que no es idéntico. Quizá recochineo). No puedo explicarme cómo pudo colgarse en la página web del periódico más vendido de este país (iba a decir del periódico deportivo más vendido de este país, pero tal precisión es innecesaria).

Que tengan ustedes un buen día. Y sepan, por si no lo han deducido ya, que el tenista checo Tomas Berdych parece tener tomada la medida al manacorí Rafael Nadal.

2.10.06

In Memoriam

Pues verán ustedes, pretendía yo escribir una reflexión acerca de lo podrido que me parece todo lo que rodea a los grandes medios, lo asqueroso del modo de hacer política de hoy día y de lo mucho que me avergüenzo de la derecha y de la izquierda patria en el triste asunto de los atentados de Madrid. El caso es que a mitad de reflexión me ha dado un acceso de rabia y lo he borrado todo, a tomar por culo, y he decidido colgar aquí un relatillo que escribí hace ya cuatro años largos, el diecisiete de enero del 2002, tras enterarme de la muerte del protagonista del mismo. Por aquel entonces admiraba yo al personaje; hoy día sigo admirando su producción profesional.
Escribía fatal, aunque sólo hayan pasado cuatro años, y soy consciente de ello. Pero el pobre relato dormía el sueño de los justos y creo que es hora de que salga a pasear.
Que lo disfruten.


"IN MEMORIAM

Aglaredhel puso un poco más de comino en la caldereta; no le gustaba que el gusto de la carne invadiese en exceso el guiso.

Era él un elfo un tanto diferente: amaba la comida de los humanos, en especial la carne estofada, dormía tanto como ellos e, incluso, de tanto en tanto se regalaba una siesta, a su particular entender la más grande aportación de los hombres a la creación. Sus congéneres acostumbraban a mirarlo ceñudos a causa de esos poco habituales modos de comportamiento aunque, pese a todo, o quizá por todo ello, fuese bastante famoso; sería por su excentricidad más que por sus amplios conocimientos, poco significativos pese a varios milenios de entretenida existencia. O tal vez por la facilidad que tenía en lo que a romper arcos se refiere, destrozando incluso alguno manufacturado en Rivendel y entre cuyas propiedades se contaba la de ser irrompible.

No era una buena época para pasear solo por el norte de Gondor; demasiado frío, muchas bandas de ladrones orcos y animales de rapiña famélicos. A menudo se levantaba atenazado por el frío preguntándose qué balrogs se le habrían perdido a él tan lejos de casa, y si la visita que pretendía hacer a un amigo –y que era en definitiva lo que le había llevado hasta allí– no podría posponerse hasta el verano. En fin, después de tres meses de viaje en soledad, aquella noche estaba siendo particularmente extraña: sin sonidos, más fría de lo habitual, carnívora. Algo macizo y pesado ocultaba el brillo de la luna, y Cururur –su actual y desdichado arco– descansaba muy cerca del guiso, atento y a la espera de cualquier contratiempo.
Un escandaloso crujido llegó desde unos matorrales situados a unos treinta metros a su espalda. Crujido, acompañado después de un brillo antinatural, boreal, y un súbito golpe de viento que casi apaga la discreta hoguera encendida con sumo cuidado por Aglaredhel. Cururur y una flecha habían sido tomados con tal rapidez que un quejido surgió del arco. Ante aquel gemido del arma el elfo gris hizo algo tan desacostumbrado como todo lo demás en él: sudó. Que Melkor se me lleve, pensó, otro arco roto y seré el hazmerreír de toda la Tierra Media. Tras el matorral, una oscura voz.

–¿Qué cojones pasa aquí? ¿Ya me he muerto? Coño, pues estamos buenos.
–¿Quién está ahí? –gritó Aglaredhel. A su voz, un humano enorme, alto, gordo, medio calvo y terriblemente feo se alzó tras los matorrales. Vestía una curiosa túnica blanca, demasiado liviana en aquel frío, atada sorpresivamente a la espalda, y no parecía armado. El feo anciano miró con curiosidad al elfo.
–Vaya, menudo paraíso celestial de pacotilla –murmuró para sí–. Porque espero que puestos a tener vida después de la muerte, quién lo iba a decir, no me haya tocado en suerte el infierno. Y viene a recibirme un querubín rubiales, el primo de Cupido, lo menos, y con pinta de querer convertirme en pincho moruno con esa mierda de arco –concluyó saludando con la mano a Aglaredhel–. Buenas noche, señor don loquesea. O señorita, vamos; o lo que tenga usted a bien ser, que entre que no veo nada claro sin las gafas, esas melenas suyas que se gasta usted y la voz aflautada del gritito de antes. –Observó durante unos segundos al elfo–. Verá, joven, sin mariconadas, ojo, pero ¿podría usted ayudarme a que me llegase al fuego? Que tengo un frío de tres pares de cojones, oiga. Y aparte de una vez ese arco de colorines, copón, que no soy un jabalí.
Aglaredhel volvió a repasar con la mirada al extraño hombretón. Aquella inesperada aparición, aquel aspecto, con la túnica blanca, y la profundidad de su voz y lo poblado de las cejas le recordaban mucho al bueno de Olórin. Después de todo, bien podría ser un mago.
–¿Sois un Istarí, señor? ¿Amigo de Mithrandir, quizá? –preguntó esperanzado.
–Con perdón de usted, ¿la madre de quién?
–Que si sois mago, buen señor...
–Vaya, y ahora me sale con lo de la parla arcaizante. Pues no, joven, no soy mago –miró a su alrededor–. O no lo era, vamos, porque después del viajecito éste ya no sé ni lo que sé. Que ya es no saber. En todo caso, lo que sí soy es un viejo gordo entiesado por el frío. Y como veo que lo de acompañarme no ha acabado de captarlo usted, que vaya ángeles maleducados que se gastan en este cielo, me acompañaré yo solito al fuego, si no le importa –dicho lo cual abandonó resuelto los matorrales en dirección a la hoguera. Aglaredhel bajó el arco; era evidente que el individuo era tan feo como inofensivo. Además de que a aquellas alturas resultaba evidente que no le asustaba demasiado ser apuntado por el arco de un Sindar. Curioso individuo.
–¿Hacia dónde os dirigís, buen señor?
–Pues mire que no lo sé. –Desde el fuego, el hombre observó al elfo–. Digo yo que debo de haberme muerto, lo cual tampoco me sorprendería mucho, que andaba bien cascado; que no es que me guste, vaya. Pero como en el asunto de morirse no hay mayor solución, y aquí no parece que vaya a aparecer ni san Pedro, ni santa Rita, ni ningún otro comité de bienvenida, pues... ¿Por dónde queda la capital del sitio éste?
–Hacia el sur, a unas 100 leguas.
–Joder. Leguas dice. Entonces debemos andar por las Castillas. Pues sí que hace frío, sí, yo que pensaba que había ido a aterrizar en los pirineos oscenses.
–¿Cómo decís, mi señor?
–Nada, joven, jovencita... lo que sea. Preguntaba que cómo se llama usted.
–Aglaredhel Hiladil, de los Puertos Grises.
–Pues le acompaño en el sentimiento, oiga.
–¿Cómo?
–Que muy eufónico el nombrecito. ¿Fue hijo no deseado, verdad?
–¿Cómo?
–Que nada, hombre. Mis felicitaciones a su padre, que mucha imaginación, o mucha mala leche, debió tener el hombre.
–¿Y vos? –preguntó Aglaredhel confundido por completo por la extraña verborrea del visitante.
–Camilo José Cela. De Padrón, para servirle a usted y a su santa madre. Pero puede llamarme Don Camilo, que es como acostumbran los cercanos.
El elfo dejó la flecha en su aljaba, destensando la cuerda del arco para evitar accidentes.
–Curioso nombre el vuestro, hasta para un Istarí. Si no sois Mago, ¿qué sois?
–Vaya con el florido lenguaje del indefinido éste. Pues verá usted, me dedico a inventar historias; aunque hay quien dice que lo que hago es pagar a quien las inventa, que me parece una memez, dicho sea de paso. Anda que no hay cosas que decir.
–Vaya –Aglaredhel sonrió–, también yo soy bardo. Qué casualidad.
Don Camilo observó largamente al elfo. Después meneó la cabeza, incrédulo
–Pues mire usted qué bien. Qué alegría me da. Y por cierto, ahora que estamos entre colegas –Don Camilo desvió la mirada hacia la cazuela–, además de frío acabo de percibir que también tengo algo de hambre. Y no acostumbro, ¿sabe usted? –Señaló el guiso– ¿Qué es eso?
Aglaredhel aceptó lo incomprensible de la situación. Al fin de cuentas adoraba a los humanos, y aquél era uno de los más raros con que jamás se había topado. Dejó arco y aljaba junto a su manto de dormir y se acercó al guiso.

–Caldereta de Fornost, Don Camilo. ¿Gustáis?
Don Camilo sonrió –Venga."

12.9.06

Mami

Será cierto que los niños tienen un don natural para la poesía, o que en su inocencia tan poco inocente ven las cosas del color que realmente tienen, y no del que nosotros queremos ver.
Si ustedes tienen niños, o sobrinos, o hermanos muy pequeños, seguro que los han visto asomándose al lado trasero de la tele para ver de dónde salen los dibujos, o hablando en ese lenguaje tan suyo, preternatural como el de cualquier primigenio, al auricular del teléfono a sabiendas de que el trasto de tanto en tanto dice cosas cuando le hablas. Subiendo al asiento delantero del coche para conducir meneando el volante (y si sus padres son del género impaciente, o viven en Madrid, dándole al claxon tras cada vuelta de la rueda de dirección); leyendo libros sin saber leer, a menudo del revés, o cogiendo las máquinas de afeitar del padre para pasarla por la cara. No comprenden el mecanismo de todas esas cosas, pero ven y aprenden cómo funcionan; como cuando introducen un bocadillo en la portezuela del vídeo, como hace papa, o como cuando meten al gato en la lavadora porque está sucio.

Pero la magia, lo que un día te golpea la cara y te deja sin habla, viene con las preguntas, con sus "¿por qué?" inocentes tan poco inocentes; no voy a alargarme mucho, porque no tengo tanto que decir: mi niña sólo tiene tres años. Pero tengo que recordar antes lo que contó una vez el amigo Rafael Marín acerca de su hijo Daniel. Dice Rafa que cuando el niño era muy pequeño, en una plazuela le preguntó "Papá, ¿Qué hay detrás del cristal del cielo?". La pregunta, maravillosa, me hizo sonreír cuando la leí en su blogg; qué cosas, me dije, tienen algunos niños.

¿Algunos?

Hace unos días, en uno de los muchos viajes veraniegos en coche a los que tan aficionados somos, mi niña miraba absorta el cielo, con la boca medio abierta. Yo daba un vistazo hacia atrás de tanto en tanto por el retrovisor, y Ana, mi mujer, se dio al fin la vuelta sonriendo y le preguntó "Aitana, ¿qué miras?". Y la respuesta fue una pregunta.

"Mami, ¿qué comen las nubes?"

Qué sé yo, pensé, lo que comerán las nubes en la mente de un niño. "¿Qué comen, hija?".

"Agua. Viento y Sol".

Ñam, ñam, ñam.
Sin comentarios.

10.9.06

Adiós, Soria. Adiós.

Una mala noticia con la que me desperté ayer: el excelente blogg de opinión del periodista Julián Díez, "Soria de las palabras" cierra por causas que se explican allí mismo (el link, a la derecha).
Durante casi un año ha sido un lugar de encuentro para amigos y enemigos, aficionados a la literatura de género fantástico, frikis, sabios, voyeurs, escritores y lectores de todo tinte. Hemos vivido polémicas fandomitas, momentos tranquilos, leído curiosidades acerca de deportes imposibles, discutido de política y de lo que no es política. Ahora, se acabó.
Adiós, Julián. Te echaremos de menos.

Una noticia desastrosa, como decía arriba.

8.9.06

Mercedacos

Como regreso al cole voy a contarles una historia verídica de este verano. Podría comenzar con alguna otra cosa, pero no puedo evitarlo: tengo que compartir esto con ustedes, por si aún no han oído hablar de ello, y no se me ocurre un mejor lugar que éste para colgar el asunto. No soy yo quien juzgará a los protagonistas; participo en ella como mero cronista, como simple narrador que toma prestado lo narrado por la persona que asistió al hecho, así que agradecería que nadie me critique por defender o atacar a ninguno de los actores.

Al ajo.

Resulta que el observador, la persona que asistió a todo lo sucedido llegó al lugar de autos junto a su mujer en un Audi6; el escenario era una terraza típica, supongo que veraniega, de un bar de su pueblo, Griñón. Aparcó el hombre justo enfrente de las mesas y sillas, junto a un Mercedes 600 SEL V12 del año 92 (deducida la añada por el voyeur a partir de la matrícula del carro en cuestión). Se sienta el hombre con su mujer enfrente de los dos coches, junto a una mesa en la que había un cincuentón y su parienta tomando algo.

Aparece ahora el otro actor de la impagable escena: atronando por las calles con sus ventanillas bajadas y la música a todo volumen, imagino que con un chumbachumba al uso amplificado por un par de subwoofers de a duro, llega un Peugeot 206 tuneado hasta en las cejas, de color imposible, todo reluciente y dando acelerones para que se escucharan bien sus megatubarros desde casa de la novia. El conductor aparca en doble fila detrás del mercedacos y el coche del narrador. Se bajan del mismo dos mascachapas con los pelos despeinados hacia arriba y engominados hasta en el carnet de identidad; lanzan un par de miradas, supongo que despectivas, hacia el Mercedes y el Audi y se sientan en una mesa ocupada ya por otros tres chandaleros que estaban en la terraza esperando.

Cuando el dueño del mercedacos, el cincuentón de antes, se da cuenta de que los chicos se sentaban en la mesa para tomar algo, le dice educadamente al chico que le quite antes el coche, que va a salir. El Neng le dice que sí, que vale, que bueno, que ahora mismo, y, en un aparte, cuando el cincuentón se introduce ya en el coche, entre risas comenta a sus coleguis por lo bajini que una mierda lo va a quitar; que mucho coche, mucho coche, pero que le va a tocar esperar un ratito.
Mientras el joven se lo pasa pipa con los otros chandaleros, partiéndose todos el ojete a costa del cincuentón con la camaradería habitual en estos especímenes que tan bien conocemos todos, el hombre del mercedacos, quien ya tenía el coche encendido desde hacía un rato, toca el claxon y pide de nuevo al chico que haga el favor de quitárselo.

Y entonces se desencadena el drama.

El chandalero mascachapas megatuning niñato le espeta al cincuentón, en palabras textuales "que te esperes hombreeee, tanta prisa y tanta polla". Acto seguido, nuevo trago a la cañita con los otros alineados a su lado rompiéndose de risa.
Como toda respuesta, el del mercedacos mete marcha atrás y acelera a tope con los más de 400 CV que tiene la criatura, embistiendo al 206 con toda la fuerza en uno de los laterales y empotrándole la puerta del copiloto hacia dentro alrededor de medio metro.
Evidentemente, todo el personal de la terraza se quedó de piedra. Con la notable excepción del mascachapas del 206, claro, que se quedó más bien blanco para luego ponerse verde y morado sin solución de continuidad. Los chandaleros se avalanzan hacia el coche, y tanto el narrador como un conjunto de personas que allí había se levantaron para contenerlos. El del 206 empieza a gritar al cincuentón los "estás loco" y demás, y...

...y entonces baja el cincuentón, con toda su tranquilidad mientras su mujer ni se mueve del asiento de pasajeros. Y mira el golpe. Y le dice al chaval que, vaya, que creía que ya le había quitado el coche de delante. Y le dice también que no lo había visto.
Y luego se alza de hombros y le suelta al pipiolo la frase más grande que jamás he escuchado desde que vi "El Crack" del Garci:

"–Mira, hijo, para ser chulo en esta vida hay que tener cojones y dinero. Y ahora saca los papeles que hacemos el parte, y no te preocupes que la culpa la he tenido yo. Pero tu coche se va a quedar un mesecito en el taller. Un poco más de lo que tú me has hecho esperar a mí".

Dice el narrador que varios de los allí presentes comenzaron a aplaudir. El mascachapas no supo cómo reaccionar tras aquella enseñanza de la vida que el cincuentón le había regalado junto al destrozo absoluto de uno de los costados de su coche.
Como punto final, y por si alguno de ustedes sufre, el mercedacos apenas se abolló.

Aparte de unos rasguños insignificantes manchados de una pintura de color imposible.

18.7.06

Las Bicicletas son para el Verano

Eso dicen. Y los Blogs para el invierno.
Un saludo a todos los ocasionales lectores, y nos leemos de nuevo, si ustedes lo quieren, en Septiembre.

7.7.06

A la Ministra de Educacion

Estimada Ministra de Educación.

El motivo de la presente no es quejarme, ojo, como acostumbrará todo Cristo a hacer con usted desde que le ha dado por lo de ser Ministra. Bastante tiene usted con ello, creo yo, y uno es respetuoso por naturaleza. No quiero meterme con su sistema educativo; qué sabré yo de lo que es bueno o malo, acertado o desacertado, competente o incompetente en cuando a educación de niños se refiere. A fin de cuentas estudié en tiempos de la EGB, cuando empezabas con cuatro añitos tus dos de parbulitos y la acababas con catorce, y luego un BUP de tres años y un COU y una Selectividad que luego no servía y luego otra vez sí y luego la llamaron reválida y luego otra vez Selectividad. Un lío. Y eso sin entrar en que mi carrera de música era antes de ocho años con el instrumento, más los varios anteriores sin él, y uno podía acabarla con menos de veinte tacos si se aplicaba y tal, estudiando por las mañanas en el Instituto y por las tardes en el Conservatorio, a treinta kilómetros de casa, o en el Conservatorio por las mañanas y en el Instituto en horario nocturno, como este seguro servidor de usted que todavía llegaba a tiempo por la noche al ensayo de la banda de música a las diez y media de la noche de los martes y viernes. Ahora son quince años, creo, porque las Ministras anteriores a su señora de usted decidieron que había que alargar la cosa porque a ver qué era eso de que acabaran una carrera con veinte años; claro que para solucionarlo lo que pensaron es en que la empezaras con siete u ocho, que digo yo que es algo pronto como para tener algo claro, y el futuro aún menos, si resulta que el personal que se mete a Derecho no sabe hasta tercero de carrera si la cosa le va o no le va. No, yo de sistemas educacionales no entiendo un pimiento; aunque sólo tengo treinta y dos años, me perdí por el camino hará lo menos dos reformas educativas.

Tampoco está en mi voluntad darle consejos de estilo, ni opiniones acerca de lo bien o mal que se viste usted. Que no, que para mí felicidad y alegría, oiga, y que si quiere encocarse un modelito de la Ágata Ruiz cada día, pues allá usted. Aunque he de reconocer que se la ve sobria; despeinada pero sobria. Ya sé que hay una viva y franca competencia (no sé si leal o desleal) entre las señoras Ministras por lo de los trapitos, encabezada la pugna por ese duelo en la cumbre, esa final mundialista entre la Vicepresi y la Ministra de Cultura, de la que ya hablaré otro día. Digo otro día porque cuando pienso que es nuestra Ministra de Cultura, que cuando hay entregas de Goyas u homenajes varios a modistos o estrenos de musicales en la Gran Vía acude rauda y veloz a la búsqueda de la foto pero que jamás desde que fuera nombrada, dos años atrás, se le ha ocurrido pasarse a vernos tocar en el Auditorio Nacional ni una sola vez… pues que se me enciende la sangre y me encabrono, y ya sé que no es plan. Me encabrono porque donde yo toco es en la Orquesta Nacional, vaya. La de España. O sea, la de ella. Si no la de su país, que ya sabemos que hoy día somos una nación pero no indisoluble y esas cosas, y que lo de ser español o llevar el titulillo de nacional delante no se lleva, al menos sí es la costeada con dinero público y gestionada por su Ministerio. Que si es por el nombre, que nos lo cambien, oiga, que a nosotros casi que nos da igual. O sea, la orquesta estandarte del Ministerio de Cultura resulta que jamás en dos años y pico ha recibido la visita de su Ministra, ni para saludar, “oigan, que soy la nueva Ministra”, aunque será porque sabe que la conocemos bien de las fotos en las que gusta salir habitualmente cuando se apunta a los saraos que... ah, ¿que ya lo he dicho? Pues eso, que aunque hagamos tres conciertos semanales (tres. Si será por oportunidades) debe ser que la agenda ministerial es imposiblequenoveasoyesbonita. Y aunque ya tenemos fotógrafo en el Auditorio, pues mire usted, que ahora ya no queremos que venga, hala.

A lo que iba, que empiezo a divagar y me pierdo.

Que en realidad yo no pretendo criticarla ni aconsejarla en nada. Qué va. Ole sus ovarios con lo de ser Ministra. Sí señora.
Si yo le escribía en realidad para contarle que me voy a hacer bandolero.

Que sí.

De los de escopeta y manta y boina pues no, que no se llevan ya. Lo mío debería ser algo más modernizado, de hoy día, más a lo globalizado de ahora. O eso, o ladrón de coches de lujo, que también se lleva. No me pondré con lo de estafador bancario porque uno es muy de letras, o con lo de entrar en el Banco España con la interné, que uno perdió demasiado tiempo en su vida con lo de ser músico y ya se me ha pasado el arroz y justito me veo para controlar mal que bien el procesador de textos. No, yo creo que tendré que ponerme con algo de la rama violenta de la profesión; salteador de autopistas, que es como lo de los caminos pero en rápido y actual. De gasolineras también, que ya que me roban todos los días que estoy obligado a repostar pues seguro que puedo ponerme a lo Robin Hood con ellos sin sentirme mal; o de los que entran en casas ajenas por la noche y se comen el pastel de queso con galletas de la nevera y se llevan el panorámico, aunque la cosa está muy mal, que ya lo sé, y hoy día quien más quien menos se guarda una del calibre nueve milímetros parabelum bajo la almohada para un qué sé yo que yo qué sé. Pero bueno, yo de niño hice Judo, ojo, y seguro que de algo me serviría.
También podría vender artículos robados, que es menos arriesgado, ¿sabe? O falsos, tipo top-manta pero a lo bestia.

Cualquier cosa, que no tengo preferencias, con tal de que lo que sea que haga en lo del bandolerismo me permita abandonar el trabajo legal y limpio que practicamos tanto yo como mi santa esposa y entrar de lleno en la economía sumergida a la que tanta afición tienen algunos en este país de picaresca. Algo que me permita dejar de tener que pagar una pasta horrible a Hacienda, que vale que seremos todos pero alguno que otro más que los demás. A lo mejor hasta consigo así que me salga la declaración a devolver, aun cuando al final del ejercicio haya ingresado mucho más dinero (del oscurito que no conste, digo).

¿Que por qué lo de bandolero? Pues oiga, en franqueza, porque yo también quiero el BMW Serie 3 nuevecito que se gasta alguno de los papis que llevan a sus criaturas al colegio de mi hija, y con los trabajos limpios y honestos y legales no hay manera; que uno consigue ahorrar como puede cuatro duros a lo largo del año para luego tener que darlos todos a Hacienda en dos plazos, uno en Junio y otro en Septiembre, que si no no le llega y de vacaciones una mierda.
Yo quiero dinerito en negro, oiga usted. Como ellos, que uno los ve aparecer por el cole con sus BMWs y sus Mercedes, y sus bolsos ellas de DK NewYork o de Carolina Herrera y se siente como si le hubieran tomado el pelo descomunalmente, con nocturnidad y alevosía y todo lo más malo que se le ocurra a usted.

Porque ellos, los ricos, tienen a sus hijos en los coles y a la mía la han rechazado.

Como a una apestada.
Como si la pobre hubiera hecho algo malo.

Verá usted, resulta que mi hija ha acabado la escuela infantil (la guardería de toda la vida) hasta tres años y le tocaba ya comenzar la educación infantil, ya sabe, la de a partir de tres añitos. El colegio era concertado hasta ahora, y hemos estado pagando con dificultad los costes mensuales para que pudiera estar en él desde las ocho y media de la mañana hasta las cinco de la tarde. Una salvajada de tiempo lejos de mi hija, me dirá; y sí, tiene usted razón, pero es que sus padres son dos honestos trabajadores y nuestras respectivas orquestas no se gastan de eso que se llama ahora Horario de Conciliación Familiar Europeo, así que uno sale a las seis y media de la tarde de trabajar. Aunque peor es lo de mi señora, que la pobre tiene que venir volando para recoger a nuestra niña cuando sale de su trabajo a las dos de la tarde, sin comer y rezando por que El Atasco que es Madrid –desde que al Gallardón le dio por reconstruir el grupo de Pirámides de Gizeh donde quedaba la M-30– no esté especialmente jodido, o que los trenes vayan bien y fluidos; algo raro cuando van hacia el sur, que es donde vivimos nosotros porque en Madrid centro la cosa está pero que muy mal y aunque tengamos dos trabajos limpios y honestos no nos llega para una casa en la capital.
El caso es que ahora tenemos que matricularla en el colegio público, y lo intentamos en el que ha estado educándola hasta ahora (que pasa a ser público hasta el bachiller), porque parece lógico que fuera allí donde siguiera estudiando. Si ya tiene hasta sus amiguitos, con lo que le costó hacerlos. Sobre todo porque tiene algunos problemas de adaptación a las nuevas situaciones, que sus profesoras están tratando de resolver durante todo el año.

Pues no. De lógico, nada.

O sea, los del BMW sí, pero mi niña no. ¿Y sabe usted por qué? Pues porque no tenemos casi puntos por culpa de nuestras respectivas declaraciones de la Renta. Que deben pensar ustedes que somos lo bastante ricos como para poder elegir y llevar a nuestros hijos a colegios privados, digo yo, pero no piensan que ni ricos, ni colegios privados; más que nada porque apenas llegamos a fin de mes y, oiga usted, porque en Valdemoro habrá muchas rotondas, pero colegios privados sólo uno y religioso. Y eso sí que no.

Así que discriminan ustedes a mi hija, que la pobre no tiene ninguna culpa de tener dos padres trabajadores que declaran todo lo que ganan, aunque ganen bastante menos que el del BMW que debe ingresar una pasta, en negro, eso sí, que si no no admitirían a sus hijos, ni tampoco tiene culpa de que sus padres supuestamente ricos no puedan mudarse a un lugar lujoso donde por comparación se conviertan en pobres a ojos de Hacienda y así puedan escoger. Aunque a lo peor en la Moraleja también los de los Ferrari ingresan en negro, que vaya usted a saber.

Se ha quedado mi niña fuera de su colegio. Si consigue plaza en otro, seguro que es el más lejano de mi hogar y uno que no tendrá ni comedor; un desastre cuando tu familia más cercana vive en Valencia a trescientos cincuenta kilómetros y no pueden quedarse con la niña o recogerla en caso de necesidad. Eso sí, cuando se aficione al nuevo cole, ya mayor, y tenga que empezar la primaria o la secundaria, pues seguro que ya se las arreglan ustedes para enviarla a otro colegio distinto; no sea que haga nuevas amistades y trabe lazos emocionales, oigan, a tan tierna edad. Mejor discriminarla de nuevo y jorobarla viva. Y miedo me da leer que el año pasado hubo trescientos niños en Valdemoro que no tuvieron plaza. Miedo. Que no lo digo yo, oiga usted, lo dice su concejala municipal socialista en el pueblo, una mujer ceniza y agorera como ella sola. Porque como me la manden a Pinto, o a Seseña, o a quién sabe dónde, tendré que dejarme de lo del bandolerismo e ir planeando algo a gran escala, porque en esta nueva situación los profesores particulares cobran más que los fontaneros de toda la vida o los antenistas de la Sexta del hoy día. Algo más gordo que lo de asaltar autopistas, vaya.
Algo serio.

Así que, ¿querría usted invertir en una cartera de sellos variados que he comprado a muy buen precio...?